febrero 21, 2016

Juicio a los dioses - El Juicio [19]

El cielo era el mar, no había árboles solo incontables corales que dominaban el lugar, un espacio amplio y extrañamente luminoso, con una quietud que fue perturbada por el derrumbe de uno de sus pilares. Los guerreros ya habían conseguido derribar los restantes seis pilares y frente al último esperaban que al menos la Tierra no sucumbiera bajo el océano, sin embargo, aunque se podía oir un gran estruendo, parecía que esto estaba lejos de terminar.

— No ha ocurrido gran cosa, el reino continúa prácticamente igual ¿Acaso el anciano nos ha engañado? —estaba muy confundido Kythnos.
— Él no diría engaño, más bien omisión, ese viejo pillo nos ocultó el resto de la historia. Debe haber algún otro pilar o estructura a derribar en alguna parte —le contestó resignado el asgariano quien enfundó su espada.

Ambos continuaron su búsqueda sin mayor resistencia pues solo había algunos soldados rasos fácilmente superables derribados por el Escorpión mientras Erik guardaba fuerzas para lo que sea que encontraran más adelante. Fue así que un pilar aun más grande se erguía en el horizonte, al acercarse vieron el gran Templo de Poseidón.

Polaris esperaba con paciencia en Asgard el resultado de la incursión de Erik y Kythnos, se sentía decepcionada por no poder acompañarles, pero en ese instante no quizo contradecir al joven asgariano luego de aquel halago, así que solo deseaba que ambos regresaran a salvo. Sin embargo un destello justo frente a la estatua de Odín le cegó por un momento, una enorme esfera de energía apareció de pronto y bajó hacia la amazona posándose unos delicados pies con infantiles zapatos en la fría baldosa.

—¿Quién eres, muchacha?—estaba sumamente impresionada Sekiam, aquella joven de cabellos purpuras emanaba un gran cosmos, cálido y apacible.
—Mi nombre es Dian, la diosa Athena —dijo ella con una voz suave.
—Athena...—hizo Polaris una leve reverencia queriendo ser cortés— ¿Cómo es posible que se encuentre aquí?
—Un hombre muy poderoso acabó con mi vida, pero Hades me ha traído de vuelta antes de ser encerrado por la vasija...—hablaba la pequeña cual adulta con cierta expresión de enfado.
—¿Hades fue encerrado? Entonces... el Inframundo...
—Debemos detener a Poseidón y liberar a Hades —dijo decidida la pequeña.

Sekiam asintió sin salir de su sorpresa, la jovencita sin duda era una diosa, al parecer la experiencia de la muerte había despertado a la diosa Athena dentro de ella manifestándose en su juvenil cuerpo. De inmediato tomaron rumbo hacia el abismo que conducía hacia el Reino Marino con Athena como guía, ambas aparecieron momentos más tarde en el reino de Poseidón.

La joven Athena se movía con rapidez por el escarpado terreno como si supiera de antemano el camino o alguna fuerza le indicase la dirección a seguir. Unos soldados marinos se presentaron frente a las intrusas repentinamente, un grupo pequeño les cortó el paso haciendo que Dian se detuviera de golpe muy asutada. Sekiam se extrañó por este comportamiento, toda la decisión y seguridad de la joven había desaparecido frente a unos simples soldados, esto hizo pensar a la amazona que aunque fuese una poderosa diosa seguía siendo una pequeña niña.

— No te preocupes Dian, me encargaré —dijo con entusiasmo la amazona arremangando un poco el largo de su vestido y entregando su lanza a la pequeña, con rápidos movimientos golpeó fuertemente a los soldados con mucho gusto como en los viejos tiempos.

Esto hizo que Dian sintiera confianza en Polaris y que tenía su apoyo, a sus cortos 10 años nada sabía de enfrentamientos, pero por alguna razón se sentía segura de si misma cuando se trataba de plantar cara a Poseidón. Ella le devolvió la lanza y continuaron su camino.

Pronto llegaron al Templo del dios, entraron al lugar subiendo una larga y amplia escalinata mientras se oía el estruendo de una batalla. Kythnos y Erik batallaban contra el Hipocampo y Kraken, en el fondo de esta escena el trono se encontraba vacío. En ese instante el cuerpo del joven Devon se desplomó ante los ojos asombrados de la pequeña Dian dejando al Kraken en desventaja numérica.

— Ríndete, Kraken, un solo hombre no puede continuar esta guerra —dijo muy seguro Kythnos.
— Estúpido Dorado, ustedes son quienes no pueden continuar con esto —replicó el pelirrojo y solo entonces se dio cuenta que Athena había llegado.
— Es momento de emparejar la batalla, por favor caballeros, la vasija de Hades se encuentra más adelante, les pido que lo liberen, yo me encargaré de este sujeto —interrumpió la diosa sorprendiendo al Dorado y al asgariano.
— Señorita Dian, está con vida...—no salía de su asombro Kythnos.
— De prisa muchachos, no hay tiempo que perder —insistió Sekiam.

Ambos estuvieron de acuerdo y continuaron por la habitación hacia el exterior donde un camino llevaba al gran pilar que habían visto desde la distancia. Si Dian tenía razón la vasija debía estar dentro del Sustento Principal, pero no esperaban ver frente a frente en la puerta del pilar a Poseidón.

—¿Qué hacen aquí? —se enfadó el dios—. Largo de una vez, ¡no quiero más interrupciones!

Desató su furia el dios de los mares atacando con su tridente a los dos guerreros que cayeron al suelo arrastrados varios metros. Era imposible enfrentarse a aquel dios y ellos lo sabían, pero tenían encomendada una misión, liberar a Hades.

— Athena, no esperaba tu visita, ese Hades, me sorprende su rapidez mental... Pero no cambiará nada —estaba muy tranquilo Kraken y sacó la daga dorada para arremeter una vez más contra la pequeña Dian.
— No lo harás de nuevo...—materializó ella el báculo de Athena y detuvo la embestida del pelirrojo en un choque de armas.
— Aunque tu poder haya despertado no significa que puedas manejarlo, chiquilla, para eso debes entrenarte —aplicó mayor presión a la daga detenida por el báculo y ciertamente Dian cedió un poco ante la fuerza desplegada por el Marino.
— Dionisio, no lo entiendo, tú jamás habías interferido en la Guerra Santa, nunca te importó el destino de los humanos...
— Es cierto, pero las cosas cambian, en verdad los humanos me agradan bastante con todos sus vicios y frivolidades, cada generación supera a la anterior, en verdad son seres fascinantes... Y luego llegan ustedes a estropearlo todo con su ridícula guerra por poseer esta Tierra, Hades y su loca idea de imponer justicia sobre las almas y purificar el mundo y tú... tú queriéndolos dejar hacer lo que les plazca por esa pequeña parte en ellos que es inocente... Me han fastidiado ya lo suficiente, es tiempo que haya un verdadero ganador y dejar esa farsa que haces encerrándoles temporalmente, he elegido al ganador y ese es Poseidón.

Encendiendo su rojo cosmos el dios concentró aun más fuerza y logró enviar por los aires a la pequeña que cayó estrepitosamente al suelo. Polaris acudió en su ayuda, aun así el poder de aquel dios era muy fuerte.

En tanto Erik y Kythnos no tenía posibilidad contra el poderoso dios del mar que se acercaba a ellos a paso lento y evidentemente molesto, ellos debían ser quienes destruyeron los siete pilares con la espada que cargaba el de claros cabellos. Entonces supo el joven Caballero de Oro que solo había una forma de lograr el pedido de su diosa y se lo hizo saber a Erik.

— Aun si intentaras golpear ese enorme pilar con la espada de Balmung podría no resultar... debes enviarme con todo tu cosmos contra el Sustento Principal y me encargaré de recuperar la vasija que contiene a Hades. Esta armadura dorada resistirá el golpe —dijo con seguridad sin una duda en sus palabras.

El asgariano se sorprendió más que por el alocado plan por la seguridad del escorpión en arriesgar su vida para completar la tarea y por esta razón estuvo de acuerdo. Preparó la espada girándola de manera que el filo quedase hacia atrás y empuño su mano.

— No les permitiré tal cosa —dijo Poseidón— ¡Acabaré con ustedes antes que lleguen a tocar el Sustento Principal!

Dian se levantó decidida, sabía perfectamente cuan fuerte era Dionisio pero tambien sabía que tenía límites. Su dorado cosmos resplandeció por todo el lugar intensamente desplegando un increible poder y se avalanzó sobre Dionisio quien la detuvo con la daga esta vez con dificultad resistía el gran ataque de Athena.

— Eres sin duda una diosa poderosa, Athena, pero sigues siendo solo una niña, no puedes controlarlo...—aumentó él su poder tanto que poco a poco su escama marina comenzó a agrietarse.
— Es cierto, mi límite es no saber usar toda mi fuerza correctamente, pero tu límite es el cuerpo que has poseído, aun siendo un dios más poderoso que yo nunca podrás desplegar ese poder, te destruirías a ti mismo...
— Niña débil, ¡no juegues a ser un dios!—se enfadó sobremanera Dionisio y aumentó su cosmos resquebrajando aun más su armadura logrando superar a la diosa acercando peligrosamente la daga a su pecho.

El Caballero de Escorpión corrió rápidamente y dando un gran salto se elevó por encima de Poseidón quien envió un poderoso rayo hacia él para detenerlo, sin embargo el Dorado recibió en ese instante el impulso del ataque del dragón de dos cabezas, Erik, que lo catapultó como un rayo dorado hacia el Gran Sustento Principal. Tras un breve silencio en la estructura se dibujó una grieta que la dividió a la mitad en su parte baja y poco a poco se deslisó derrumabando el gran pilar por completo.

— ¡Malditos entrometidos! No me vencerán, reconstruiré los pilares y el Sustento Principal, ¡nada se interpondrá en mi camino!—dijo colérico el joven dios.
— Ya estás vencido, tú y Dionisio, dejarás de una vez de interponerte en nuestra guerra...—apareció Kythnos sin su armadura dorada de entre los escombros.

Su cabello era totalmente negro y su rostro estaba ensombrecido, llevaba la vasija de Athena en su mano emanando un gran poder purpúreo. De inmediato una luz apareció y esta se trasformó en una perfecta esfera que se posó frente al Dorado, la esfera contenía dentro de sí a su recipiente, en ese momento, apenas Eleazar tocó el suelo, Kythnos se desplomó siendo auxiliado por el asgariano.

A pesar de invocar todo su poder Dian no podía derrotar a Dionisio, sin duda le faltaba experiencia para afrontar mejor un mano a mano como este lo cual daba ventaja al dios del vino que se encontraba en su límite. Pero este no esperaba que alguien más apoyara a la diosa en ese mismo instante, Sekiam empuñando su lanza se puso junto a Dian y encendió su frío cosmos, enganchando su arma a la daga dorada restituyó la balanza a favor de la diosa.

— Acéptalo de una vez, esta guerra seguirá ocurriendo una y otra vez. Athena jamás dejará de proteger esta Tierra y mientras los seres humanos no se hagan cargo correctamente de sí mismos Hades siempre querrá ponerlos en su lugar. Esto no se terminará con la intervensión de más dioses, esto solo depende de los propios humanos...—avanzó Sekiam hacia Dionisio y este cayó de rodillas mientras la daga salía volando y la lanza de Polaris se enterraba en el pecho del joven pelirrojo.
— ¡No, Sekiam!—dio un grito desesperado Athena y soltó su báculo.

Por su parte Poseidón estaba frente a frente con el mismisimo Hades que había recuperado su cuerpo. Eleazar caminó hacia el dios vestido con su armadura y con el rostro evidentemente enfadado desenfundó su espada.

— De nuevo intervienes Poseidón, no puedes comprender que la Tierra nunca será tuya, Athena y yo no te dejaremos, ¡es una lucha entre ella y yo!—dijo y se lanzó con gran ímpetu empuñando su espada y aunque Alan interpuso su tridente la fuerza del ataque lo arrastró por el suelo varios metros.
— Hades, estoy seguro que no eres capaz, como sea nos veremos una y otra vez, ¡nunca desistiré!—se preparó para el enfrentamiento pero Eleazar ya estaba sobre él con un golpe a la cara fuertísimo.
— No lo entiendes, yo no soy Athena y da la casualidad que no esta aquí para defenderte de nuevo...—dijo y luego atravezó el cuerpo de Alan con la espada sin contemplación.

El rojo cosmos de Dionisio se apagó por completo abandonando el cuerpo del joven desconocido, el dios ya no tenía un cuerpo que habitar y estaba condenado a volver al Olimpo. Dian no dejaba de llorar mientras Sekiam quitaba la lanza del pecho del muchacho agonizante sosteniéndolo con gentileza.

— No sé como Dionisio te ha convencido, pero debes guardar un gran rencor en tu corazón —le dijo la amazona.
— Solo quería ser un caballero de Athena como los demás... ese maldito, ese patriarca no me eligió —desbordaba la sangre por su boca.
— Sentir odio es humano, querer vengarte y hacer pagar a quienes te han dañado, pero no puedes cargar con eso toda tu vida, en algún momento debes simplemente continuar...
— Es tiempo de continuar...—se aferró a ella y dio su último respiro.

Polaris dejó allí el cuerpo del joven y fue a consolar a Dian quien estaba muy apesadumbrada por lo sucedido. Ambas siguieron hacia el exterior donde vieron el momento justo en que Hades atravezaba el joven cuerpo de Alan.

—¡No, no, no!¡Qué hacen!¡Por qué! —gritó Dian corriendo hacia Alan llorando desconsolada.
— Lo que se debe hacer, Athena. De esta forma Poseidón volverá al Olimpo y no podrá seguir interfiriendo en nuestra guerra —dijo con frialdad el dios del inframundo.
— Son tan crueles, tú y Sekiam, matan sin la más mínima duda...—brotaban sus lágrimas sin parar mientras abrazaba el ensangrentado cuerpo del recipiente de Poseidón.
— Es lo que hacen los guerreros... —argumentó Hades y Sekiam le tocó el brazo para intervenir.
— Tranquila Dian, todas las cosas suceden por una razón, la muerte nunca ha sido ni será el final... Su alma ha sido liberada del dominio de Poseidón, al igual que aquel muchacho del odio de Dionisio hacia ustedes.
— Pero... pero yo, yo podía encerrarlos, yo...
— Es cierto, pero las cosas no resultan siempre como queremos —le dijo la amazona y le abrazó comprendiendo la tristeza de la pequeña.

El derrumbe del Reino Marino era inminente, las aguas comenzaron a dominar el sitio con enormes olas que venían en todas direcciones. Erik tomó a Kythnos quien poco a poco recuperaba la conciencia, Sekiam cargó a la pequeña Dian y Hades los envolvió a todos con su gran cosmos y los sacó de allí rápidamente llevándolos a su castillo.

En el lugar los esperaban Kainex, Jeshab y Rebecca quien no pudo contener su felicidad al ver a Eleazar y lo abrazó con fuerza mientras el dios la apartó con sutileza algo apenado. Era el final de esta contienda y solo había una cosa más por hacer, Athena y Hades lo sabían por lo que no detuvieron su paso hasta llegar a unas enormes puertas que llevaban hacia las escaleras del Inframundo.

El gran cosmos de Hades restauró en un momento toda la estructura dañada por el abandono y la batalla, el amplio territorio que rodeaba el castillo reverdeció llenándose de vida. El edificio completo fue restaurado hermosamente aun la habitación donde todos se encontraban presentes. Hades dió la mano a Kainex y a Jeshab, mirando con detenimiento a este último como diciéndole algo, frente a Rebecca realizó una leve reverencia que asombró a la muchacha quien no comprendía de que se trataba todo esto.

— Ya es hora, Hades. Nos veremos otra vez...—dijo Dian tomándole la mano.
— La próxima vez te venceré, no tengas dudas de eso —le besó la pequeña mano mientras las puertas se abrían de par en par hacia adentro.

Las armaduras de Wyvern, Grifo y Sapuri Camaleón abandonaron a sus respectivos portadores y volviéndose a su forma de objeto bajaron hacia el Inframundo, por su parte la armadura de Hades hizo lo mismo separándose pieza por pieza del cuerpo de Eleazar  pero llevando dentro de si al dios de los muertos. El joven Eleazar era libre del alma del dios y las puertas se cerraron, Athena colocó su mano en la unión y puso allí su sello, este no se rompería hasta dentro de 250 años.

Dian caminó unos pasos dentro de la habitación, un hermoso haz de luz la iluminaba desde el techo vidriado y poco a poco empezó a desvanecerse. sorprendido Kythnos se acercó a ella arrodillándose a sus pies.

— Athena, no puedes dejarnos... el Santuario esta destruido, recostrúyelo como ha hecho Hades con este castillo... No puedes irte así... debes prepararnos para la siguiente guerra... yo...
— Mi tiempo se ha terminado, joven caballero. El orden se ha restituido, apenas he podido sellar a Hades. Lo siento, te encomiendo hacer del Santuario el reino con los más poderosos guerreros...—dicho esto su cuerpo se desvaneció por completo.

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Y así fue como derrotando a Dionisio cada uno de los sobrevivientes comenzó una nueva vida. Kainex partió por el mundo hasta encontrar su lugar en él, sin prisa disfrutaría de su tiempo al máximo libre de toda obligación; mientras Jeshab continuó con la misión que Hades le había dado desde el momento en que volvió a la vida, buscar incansablemente a los mejores guerreros a favor del dios de los muertos, tendría mucho tiempo por delante para esto. Tanto Rebecca como Eleazar aceptaron el regalo de Hades y vivieron en el gran castillo restaurado, con aquel amplio terreno fértil podrían vivir cómodamente y así comenzar con una nueva sucesión de recipientes aptos para contener al dios del Inframundo.

Tanto Erik como Sekiam volvieron a Asgard y allí gobernó Polaris en pos de una nueva generación de dioses guerreros empezando por el joven Phil, el reino recuperó poco a poco su estado normal haciendo felices a todos sus ciudadanos. Allí estuvo un tiempo Kythnos recuperándose con los famosos cuidados de las valkirias y hasta fue tentado a quedarse, sin embargo su lugar era el Santuario y en poco tiempo partió hacia allá.

Ver las ruinas del Santuario apretó el corazón del joven caballero y cargando su armadura dorada en la espalda caminó por el desolado terreno. En su camino encontró a Nyv, un maestro que conoció hacia años, y unos pocos muchachos que actualmente estaban en entrenamiento para caballeros de Bronce. Entonces se sintió reconfortado por ellos quienes le sonrieron y animaron, algunos metros a la distancia se encontraba el gran reloj derrumbado pero intacto en el circulo central, Kythnos sonrió y se sintió seguro de lograr la petición de Athena pues el reloj aun tenía encendida una llama, una resplandeciente llama dorada en Piscis.


FIN

Por Sekiam Hero